SUDOR, ESCALERA DE HUESOS

Escribe: Alejandro Carnero (politóligo y escritor)

SUDOR, ESCALERA DE HUESOS 1

Desde que mi prima Bib fue, durante un tiempo, secretaria del Instituto Nacional de Relaciones Interplanetarias ‒ojo que no es el Instituto peruano, o el Instituto a secas, sino el Instituto Nacional; se asume que todo país desarrollado tiene un instituto a cargo de las relaciones interplanetarias‒ yo también he aspirado a un trabajo chévere. No necesariamente ligado al fenómeno ovni, pero en el que no me sienta casi extraterrestre. Y algunos, en mi caminar, me han gustado. Un trabajo ideal fue mi labor en el debate presidencia 2001 entre Alan García, el petit maitre que nos gobierna, y Alejandro Toledo, que nos gobernó previamente.
Asistí a nombre de cierta ONG reputada en asuntos electorales, que organizaba el debate, como edecán: un joven con presencia e instruido para acoger a las personalidades invitadas al cotejo. Era en el Salón Imperial del Hotel Marriot, el de mayores quilates en la República. Entre las 5:00 p.m. y las 8:00 p.m., en el que comenzó el encuentro, vi desfilar a las vacas sagradas de la política nacional, el empresariado, la diplomacia, los medios de comunicación.
Aparte de francotiradores en los edificios paralelos, el orden corría a cargo de un grupo de gigantes, muy elegantes y fornidos, la élite de la fuerza pública: Seguridad del Estado. No del gobierno, del presidente o del parlamentaria, ministro o embajador tal. Seguridad del Estado. Bien hegeliano. Unos monigotes de película cuidando esa tarde a toda la alta estructura de la manada perucha encarnada en los distinguidísimos invitados.
Lo que nadie pareció prever fue la tozudez e impudicia con que el cuerpo de periodistas ‒no acreditados‒ buscaría apuntarse a la fiesta. Diríase la entrada al estadio en alguna final pero sin contar con los caballos y palazos con que la Policía controla a la turba en esas situaciones. ¿Quién expidió los pases?, ¿con qué criterios y para qué medios? No era momento de discutirlo. Pero los periodistas excluidos venían listos a romper cualquier barrera para arrancar fotos y declaraciones en el salón mismo.
Era una situación engorrosa. La historia del país ha transcurrido entre rupturas y restablecimientos del sistema democrático como el que, tras ocho años de virtual dictadura, iniciaba el debate. Contribuía al caos una sed indefinida de venganza contra la autoridad que hacía que todo aquel que tuviera carné de comunicador se sintiera con derecho a introducirse ahí donde hubiera algo que la población debía conocer. Así, olvidando que no eran agentes de la dictadura, sino de la transición democrática llovían insultos y codazos sobre los pobres mastodontes de la Seguridad del Estado, quienes no osaban aplicar el adecuado par de patadas y tampoco sabían contraargumentar ni razonar convincentemente.
En estas circunstancias, al volverse inmanejable la puerta, pasé a comandar a la guardia apostada en ella.
El único producto nítido de mi carrera es, quizá, la condición de intelectual, evidente al yuxtaponerse a la del pseudo-intelectual. He vivido innumerables batallas dialécticas en aulas y tertulias, con toda la mordacidad y amargura que segregan tales ambientes. Un estudiante de filosofía asume la espada de Damocles de que su actividad es enfrentarse a las inteligencias más sobresalientes y enredadas de la historia humana. Se congregan entonces en la facultad los cerebritos más antipáticos de todos los colegios, los payasos más desesperantes, los resentidos más pedantes, queriendo sobresalir y brillar, aventajar y aplanar al colega en toda intervención. ¡Grrrrr, no seré tan inteligente como Kant pero sí más inteligente que ustedes! ―grita el alma―. ¡Grrrrrrrrrrrr!, entiendo el concepto de metafísica trascendental (inútiles), grrrrrr acostumbro a leer a Derrida (fracasados), grrrrrr también yo (farsantes), grrrr desde un ángulo semiótico la post-modernidad en la urbe (¡los odios!; ¡soy el más profundo de lote!), regrrrr, domino mucho el griego antiguo (mediocres), grrrrrr, en esta glosa a Spinoza afirman que (hippies de feria del libro), grrr, grrrrrr, grrrrrrrr, grrrrrrrrrr van pasando las clases y uno se gradúa.
Tengo, pues, una formidable maquinaria de ponzoña y puñales verbales con la que, si a mis rivales he dislocado, podía pulverizar de un golpe a una mente pseudo-intelectual como las que se agolpaban en la puerta del debate presidencial 2001. La estrategia de la pandilla periodística era clara: aturullaban a los gigantes con peroratas sobre la situación nacional, la democracia, los derechos humanos y, para concluir, ya con empujones, que su ingreso era una obligación moral. Nada realiza más al pseudo-intelectual que armar un «escándalo justificado», venían pues como bala. Aunque ninguno se había colado aún, pronto alguien lo lograría porque las torres del Estado parecían sentirse culpables de ser «gorilas», «ignorantes», «déspotas» perdiendo la firmeza muscular que les daba de comer.
Más por instinto que porque no me estaban dejando trabajar, intervine. Con un par de rodeos acerca de la situación nacional, la democracia y los derechos humanos llevaba a concluir que lo de menos era que no merecieran entrar: eran titiriteros cuyas vidas, además de envilecer al periodismo, no tenían sentido. Uno por uno los fui ablandando.
Qué sanos lucían los agentes de Seguridad del Estado cuando pudieron desanudar su garganta y sus músculos, y los comunicadores retrocedieron sin chistar. Como intentaron luego reaccionar, e iban llegando nuevos pseudo-intelectuales, pasé la tarde humillando a rebelde que surgiera. Para la hora de debate era un héroe de los gigantes. Me daban palmadas en la espalda, me traían ellos mismos los finos bocaditos que circulaban los mozos, me llamaban «campeón».
Cada cuerpo de policía en una democracia debería tener su destacamento de filósofos para que ablanden a la primera fila de reclamantes. Hay tantos desocupados que tras graduarse podrían cumplir esta labor impecablemente. En cuanto a mí, me he reconciliado con mi situación profesional. Cuando me entregaron el carné de exalumno en mi alma máter, la Universidad de los Antes, Tabogo, Locombia, por un giro sublime del destino errático imprimieron: «Folósofo». Eso sí me siento y asumo con orgullo. Señalarse como filósofo suena asaz ridículo, decirse folósofo, y avalarlo con carné oficial, suena glorioso. Luego en el barrio, un día por burla, Luchito me llamó «escrotor».
Grandioso. Alejandro Carnero, folósofo y escrotor, para servirle.
Ahora bien, ¿en qué se gana la vida un folósofo y escrotor? Llega a mi bandeja de entrada frecuentemente este spam: «Turn your opinions into cash» como recorderis, creo, de lo que debo hacer con mi doble condición profesional.
Una vez estaba en Lima, desempleado, y me acordé que Julio Ramón Ribeyro consiguió un puesto de recepcionista de noche en un hotel. Oficio no muy exigente que le permitía leer y leer, el sueño de todo intelectual. Así que buscando un golpe similar decidí hacerme portero de edificio y fui entregando hojas de vida en los edificios de Miraflores. Recuerdo la cara de la administradora de uno cuando me vio y echó una hojeada a mi currículo, en que se destacaban estudios de postgrado, varias lenguas, cargos en organizaciones internacionales prestigiosas, publicaciones. Era un gesto entre asco y pavor, no sé si por este espécimen que sin dignidad blanquiñosa aplicaba para ser portero o por la situación económica del país que estaba obligando a cualquiera a buscar cualquier salida. No fui contratado.
Mi mejor trabajo, con todo, ha sido la Misión Civil Internacional OEA/ONU para Haití en la que participé en los años 1993 y 1994. Era muy joven e inexperimentado, tanto como estas organizaciones en cuanto a misiones civiles ―era el primer despliegue de «azules sin casco» como nos calificó un libro, de la historia―. Además, tratándose de Haití, uno de los países más singulares del universo, y de una de las situaciones políticas más interesantes del final del siglo pasado: la epopeya de Jean Bertrand Aristide, el curita rebelde que puso a soñar a la nación como nunca desde que expulsaran a los franceses doscientos años antes. Es difícil expresar lo que era el clima político en Haití entonces. Fui observador de la OEA en las elecciones de 1990 y lo que vi solo puedo equiparlo con lo que me ha contado gente que ha estado en el triunfo de revoluciones: un océano de felicidad y esperanza serpenteando por las calles. Para 1993 los militares ―más la élite y la administración Bush senior― le habían dado un golpe de Estado a Aristide, y llevaban dos años rigiendo y matando a sus partidarios ―en aquella época la mayoría de la población― cotidianamente y sin piedad.

“…la epopeya de Jean Bertrand Aristide, el curita rebelde que puso a soñar a la nación como nunca desde que expulsaran a los franceses doscientos años antes”.

Fue ante el estancamiento de las negociaciones, por lo bajo manejado por los estadounidenses que no querían a Aristide de regreso, que a la comunidad internacional se le ocurrió la original idea de una Misión Civil de Derechos Humanos que al menos atestiguara y ―se razonaba― con su presencia limitara las exacciones de los militares. Y así llegué a Haití el 21 de marzo de 1993 y a Gonaïves, mi tierra querida, un mes después. La violencia cundía libre e inexorable, en especial en Puerto Príncipe y precisamente en la Artibonite, el departamento del que es capital Gonaïves. Muertos, torturados, allanamientos, palizas, heridos, manifestaciones y violenta represión era nuestro pan de cada día. Un documento que se filtró de la embajada estadounidense calculaba que uno o dos de los azules sin casco dejaríamos el pellejo en esa importante misión diplomática.
Fui asignado como oficial de prisiones. Debía ir prácticamente cada día a ver la condición de los presos y estar atento a las capturas de tipo político. En la cárcel de Gonaïves se apiñaban hasta setenta personas en celdas de ocho metros por cuatro, en absoluta oscuridad, celdas que se inundaban cuando llovía y en las que se pasaban la sarna y otras infecciones de la piel y el organismo. No recibían comida así que lo que traían familiares era repartido entre todos. «Un plátano se reparte entre dieciséis», me contó un preso. Cuando llegaban nuevos presos, aparte de la golpiza de rigor, los rapaban con pedazos de botellas rotas, lo cual les hacía sangrar la cabeza y aparte de la grotesca humillación era una fuente de contagio del sida. Descubrí que un tipo había estado cinco años adentro, sin juicio, por robarse una palta.
―¡Su caso me ha tocado el corazón! ―exclamó el comisario de gobierno [quien en principio era responsable de que los procedimientos judiciales sigan un curso adecuado], enfatizando su propia bondad.
Fue liberado.
A medida que visitaba presos en Gonaïves y Saint Marc, iba aprendiendo a hablar kreyol, aprendiendo a maniobrar a los militares para que me dejaran ingresar a las celdas, aprendiendo a hacer una que otra gestión favorable a los presos, evitando algunos maltratos.

“… a la comunidad internacional se le ocurrió la original idea de una Misión Civil de Derechos Humanos que al menos atestiguara y ―se razonaba― con su presencia limitara las exacciones de los militares”.

Cuando ingresaba les echaba a los presos un cierto discurso de buenas intenciones y solidaridad, un acto de malabarismo difícil porque tenía que mantener cierto respeto y confianza en la Misión y sus posibilidades sin levantar esperanzas sobre cambios que estaban más allá de las manos de cualquiera (las tenía Bill Clinton). Los que ya me habían visto venir varias veces no hacían mayor caso a las palabritas del funcionario, agradecían los productos anti-sarna que les llevábamos, pero contemplaban con ironía nuestra impotencia frente a los militares. Pero siempre había uno que otro nuevo y me acuerdo de este chico en la cárcel de Saint Marc, recientemente rapado a la botella, con las costras aún frescas en la calva, sonriendo con dolor y asintiendo con la cabeza, serenado por mi discursete. Me aprieta aún la imagen. Cómo me hubiera gustado decirle «soy un simple peón en este juego político, esta visita es parte de mi papel, por favor, no vayas a creer en mí, hermanito».
Una vez me llamaron con urgencia a la oficina en Gonaïves. Había un chico moribundo a la entrada de la guarnición militar ―donde quedaba la prisión―. Se había querido robar unos pescados en el mercado y casi lo habían linchado. Estaba lleno de sangre, heridas y moretones por todo el cuerpo, la cara desfigurada, y en la cabeza tenía unos huecos profundos desde donde se veía el cráneo, quebrado. Ante este espectáculo exigí a los militares de turno que lo llevaran a un hospital. Pero para ofender a estos extranjeros metiches, el caporal me decía:
―Pero si no tiene nada… ― y le introducía los dedos en los huecos del cráneo. Cada vez que lo hacía el hombre se estremecía como si le hubieran dado una descarga eléctrica.
Esto me desesperaba aún más y volvía a exigir y volvía a meter los dedos el caporal y volvía a zarandearse el moribundo. Yo suplicaba, el tipo seguía. Brutal. No lograba nada, éramos azules sin casco.
Vi también bastantes cadáveres, sobre todo en Puerto Príncipe. Cadáveres de gente hecha arrodillar y con un tiro en la cabeza, cadáveres asesinados a machetazos, otros mitad esqueleto, mitad carne, mitad sangre, comidos por ratas, perros y cerdos. Cadáveres a los que les salían filas de hormigas de las orejas con pedazos de cerebro, grupos de cadáveres. El olor a muerto al sol atraviesa todos los olores, es como los gemidos de placer, que atraviesan todo ruido y uno los distingue a lo lejos.
¿Me dejó algún trauma la etapa? Creo que sí, una pizca. A veces cuando veo la parte posterior de la cabeza de hombres de raza negra, me surge como una visión, la sensación de un hueco sangriento ―como de una bala― en ella. Dura un microsegundo; es como un rayo, pero he detectado este efecto varias veces. Supongo que a cosas así llaman trauma.
En este contexto siempre me parece absurda la visita que hicieron una vez los comisionados de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a la cárcel de Saint Marc y que, como oficial en la zona, ayudé a realizar. Para empezar, llegaron atropellando a los militares con las resoluciones internacionales que en el terreno, desde luego, no servían ni para limpiarse el rabo. Pero con esta docta prepotencia lograron que el capitán Wilson, que comandaba la guarnición de Saint Marc, se cerrara y no los dejara ingresar a la prisión. A uno de los comisionados, muy conocido, le dio una pataleta, se puso rojo y literalmente se dio una vuelta sobre si mismo mientras bufaba, en una demostración de rabia. El capitán Wilson, con quien lidiaba cotidianamente, se volteó a mirarme con auténtica curiosidad y me dijo:
― ¿Qué le pasa a tu amigo?

― ¡Pero es que hemos venido acá y tenemos que irnos rápido a Gonaïves! ―le gritó otro comisionado.

Aquí Wilson dijo algo que a veces me digo cuando intento hacer una cosa rápido para pasar a otra.
― Bueno, si han venido para irse, no han venido.
La frase me sonó filosóficamente interesante, despertó al folósofo en mí. No pude evitar una centella de admiración en la mirada, que no se le escapó al capitán, complacido. Aproveché.
―Capitán, usted tiene razón. Pero ya que están aquí… déjelos pasar…
Adentro de la prisión los delegados se dedicaron a explicarle a los presos el nuevo tipo de formulario con que la CIDH investigaba los casos de violaciones de derechos humanos, que era más eficiente que el anterior porque las preguntas estaban simplificadas. Asesorados de varios especialistas en la materia, se había podido condensar en ellas los elementos más importantes a establecer sobre la víctima y…
Realmente creían que esto podía interesarle a un preso de la cárcel de Saint Marc. Les dejaron estos formularios, en inglés, para que los rellenaran. Me acuerdo del formulario de un preso. Simplemente decía, en kreyol: nos han tratado como a unos perros.
Si en Saint Marc estaba el capitán Wilson, en Gonaïves mandaba el desalmado capitán Cenofilis Castra. A este también iba a verlo constantemente por negociaciones tensas y difíciles en relación a sus presos. Cuando invadieron los marines lo cogieron preso y fue condenado a cadena perpetua para se escaparía de la cárcel ocho años después cuando en otro revuelo político haitiano unos rebeldes destrozaron con un Carterpillar la pared de la prisión para sacar a su jefe, el célebre «Cubano». Fui parte del equipo que investigó la masacre de Raboteau en 1994, en que confirmamos trece muertos y cuyo informe fue parte de las pruebas para la condena de Castra. Pero en la época en que yo visitaba las prisiones en 1993 era el hombre fuerte y tanto trato cotidiano, aunque tirante y agudo, y aunque que el tipo hacía correr el rumor de que pagaban cinco mil dólares por nuestra cabeza, establecía por lo bajo cierta relación humana, como es inevitable entre en los humanos. Meses después de que dejé de trabajar en Gonaïves y me establecí en Saint Marc, me encontré al capitán Castra, en un resort al borde del mar al cual, a pesar de la situación caótica, los funcionarios internacionales y sus supuestos discrepantes, los militares y la élite, íbamos a descansar algunos fines de semana.
Cuando nos vimos, ambos en short y polo, no pudimos evitar exclamar, como el profesor Jirafales y doña Florinda:
― ¡Alejandro…!
― ¡Capitán…!
Y nos abrazamos irreflexivamente.
― Alejandro ―me dijo, como justificando la simpatía―, nosotros nos hemos conocido en circunstancias difíciles, pero somos ambos gente con mucha clase. Podríamos habernos conocido en Nueva York o en París…
― Toda la gente es gente, capitán ―le dije [era un slogan que utilizábamos para enfatizar los derechos humanos].
― Oh… no vas empezar ahora, ¿no? ―dijo, fingiendo molestarse.
Nos despedimos con cordialidad y, se puede decir, agrado.
Luego nos botaron del país los militares, invadieron los estadounidenses, Aristide fue restablecido pírricamente. La vida…

[Tomado del libro Tanta gente extinta, tanta tinta tonta (Lima: Mesa redonda, 2010)]

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=4_f_I4KUNys

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