LA INCREÍBLE HISTORIA DE ROGER MILLA

Un futbolista de treinta y ocho años, prácticamente desconocido, que está ya retirado y que acude como suplente a un Mundial porque se lo pide como favor personal el presidente de su país, un futbolista que está fuera de forma y sólo puede jugar media hora por partido

Escribe E. J. Rodríguez

 

Un futbolista de treinta y ocho años, prácticamente desconocido, que está ya retirado y que acude como suplente a un Mundial porque se lo pide como favor personal el presidente de su país, un futbolista que está fuera de forma y sólo puede jugar media hora por partido… y que aun así revoluciona el campeonato llevando a su modesta selección casi hasta las semifinales y asombrando al mundo entero, convirtiéndose en una estrella y abriendo las puertas para el fútbol africano. ¿Es el guión de una película dirigida por Clint Eastwood? No: es un suceso real de los que ya no suceden en el fútbol.

Estas precisiones son siempre cuestión de gustos —supongo— pero si me preguntan ustedes a mí, diría que Italia 90 fue el último Mundial con sabor a Historia o, si lo prefieren, el último Mundial con marchamo de clásico. Fue uno de aquellos campeonatos en los que por decirlo de manera simple, pasaban cosas. Incluso entonces tenía uno la sensación de que se estaba forjando la leyenda en directo; sensación que no he vuelto a experimentar no sé si por el endurecimiento de la edad o por la progresiva descafeinización de los Mundiales subsiguientes. Una cosa es cierta y decididamente innegable: si consideramos los campeonatos del mundo como películas, los guiones de los últimos tres o cuatro han sido bastante más flojos, pero al guión de aquel Italia 90 no le faltó de nada.

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Nota: Agradecimiento a Jot Down Magazine por permitir subir esta excelente crónica.

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