LAS LOCAS DE MI VIDA

En mi vida he tenido la buena (o la mala suerte) de cruzarme con mujeres poco saludables del coco, despistadas, desequilibradas, dementes, locas al fin de cuentas.

Algunas fueron locas buenas, otras fueron locas malas; algunas son locas que adoro, otras son locas que desprecio. Finalmente, positivas o negativas, lo cierto es que en la mayoría de los casos, el único gran responsable de estas relaciones atípicas he sido yo.

La primera loca de mi vida la impuso el destino: mi madre. Mujer adorable y en ocasiones despreciablemente desquiciada. Señora con mirada penetrante, de esas que proyectan rayos superpoderosos, capaces de atravesar mi esmirriado cuerpo. Dama que en un ataque de ira solía arrancar 35 hojas de cualquiera de mis cuadernos, para luego pedirme con ojos de diablo que vuelva a escribirlas, ¡y con buena letra, carajo! Doncella que por las noches obligaba a cubrir mis pies con una media gruesa y luego con tres botas de lana, que ella misma había tejido. Doña que fue capaz de asesinar a cuatro de mis adorados y queridos pollos, para ofrendarlos en un estofado que degusté feliz, en mi cumpleaños número ocho (no me pregunten qué pasó cuando, al siguiente día, solo encontré las plumitas de mis mascotas). ¿Acaso no está loca mi vieja? (¡te adoro, mamita!).

La segunda loca de mi vida fue la madre de mi madre: mi abuela. Mujer de dimensiones descomunales y que siempre olía a menta, eucalipto o alguna hierba extraña. Señora que vivía anunciado la llegada del demonio, en exclusiva para el Perú (de hecho que en estos tiempos hubiera promocionado su presencia en el Monumental). Dama que apenas me veía, me cogía del pescuezo, me sentaba en su cama y me obligaba a leer pasajes aburridos e ininteligibles de la Biblia y todo a cambio de un miserable caramelo Monterrico. Doña cuyo pasatiempo era lavar las pezuñas asquerosas de otras desquiciadas como ella, para luego intentar servirme una sopa llena de extraños animales. Anciana que me espantaba por las noches cuando se ponía a murmurar una sarta de rezos, conjuros, invocaciones o no sé qué horrendos cuchicheos. ¡Vaya que la pasaba muy mal! ¿Acaso no estaba loca mi abuela? (lo siento familia, pero es la verdad).

La tercera loca de mi vida fue la madre de mi padre: mi otra abuela. Ella no anunciaba la llegada del demonio, tampoco lavaba pezuñas, pero diariamente gustaba empaquetar la basura con papel de regalo, ponerles un moño y dejarla en la puerta de la casa. Luego, me llamaba, nos escondíamos tras las cortinas y nos divertíamos de lo lindo, viendo como un tarado se llevaba sigilosamente el paquete. Con los años, la Tata se volvió el terror de los mercados. Coleccionista de manzanas, podía llegar a casa con kilos de aquella fruta y sin pagar un solo centavo. Confieso que adoraba a esta vieja, incansable en sus historias, en sus aventuras, con un bolsillo mágico donde se podía encontrar una tijera, un lápiz, una vela, un palito de tejer, caramelos, incontables trozos de papel higiénico y hasta la figurita que faltaba para completar mi álbum. ¿Acaso no estaba loca mi abuela? (¡no sabes cuando te extraño, Tatita!).

La cuarta loca de mi vida inaugura una nueva categoría, las peligrosas: mi hermana. Es pequeña y tiene ojitos de gatita tierna. Inofensiva. Dulce. Desde los cinco años dedica la mitad de sus días al estudio y al trabajo; la siguiente mitad, la dedica casi exclusivamente a mimar al “pan con huevo” de mi hermano. Creo, estoy seguro, que estos tres repetitivos eventos han atrofiado su cerebro, hasta el punto de hacerle creer que su habitación es una especie de nave espacial inexpugnable, una nave a la cual no puedo aproximarme desde que tengo siete años; cuando he intentado hacerlo, su maldita mascota no ha dudado en atacarme. Alguna vez, enfurecido, he cometido el error de patear a ese despreciable animal y enseguida tuve que soportar que la desquiciada, lance, directo a mis dos ojitos dormilones, una tijera asesina. Menos mal que soy más veloz que un rayo. La violencia de mi hermana me espanta. Por momentos, creo que debe ser internada en un sanatorio. No solo porque es un peligro con patas chuecas, lentes y pelo largo, sino porque sería la única manera de averiguar por qué miércoles (o jueves) no deja que ingrese a su nave espacial, digo, a su habitación. Bueno, me olvidaba, la señorita también captura ladrones (ya lo contaré algún día) y por fortuna no tiene ni tendrá novio. ¿Acaso no está loca mi hermana? (¡y que el mundo lo sepa de una vez!).

Quisiera enumerar en detalle la lista de las damas poco saludables del coco con las que he mantenido algún tipo de vínculo (sentimental, laboral, amical, políticamente familiar, etc.), pero la verdad es que no deseo arriesgar mi integridad emocional y, sobre todo, física. Debo confesar, además, que esto me ha ocasionado serios problemas con mi editor, bueno, en realidad con mi compañero de mesa en el Superba (pero editor, suena más bonito e importante, ¿no?), quien no ha dudado en tildarme de cabrón, por omitir en esta descripción a un par de mujeres, acerca de las cuales podría escribir capítulos enteros. Sin embargo, luego de arduas y espumosas discusiones hemos llegado a un trato: la historia de cada una de estas damas desquiciadas será descrita en capítulos particulares (ni modo, un trato es un trato y yo cumplo con mis tratos; así que señoras, prepárense).

Deseo aclarar, además, que no creo que todas las mujeres sean locas, pero sí pienso que aquellas que se me aproximan, generalmente, suelen tener un tornillo suelto. Y es que mis estadísticas y registros no mienten. Acaso no está loca aquella mujer vengativa que dibujó “pichulitas” en todas las hojas de mi libro favorito; acaso no está loca aquella dama que lanzó mi celular desde el piso seis de un edificio; acaso no está loca aquella señorita que sigilosamente introdujo un pasador en la sopa que me invitaba (pretendía que confundiera el pasador con un fideo); acaso no está loca aquella doncella que quemó todos mis regalos en las faldas de un cerro (y luego se puso a bailar); acaso no está loca aquella princesa que juraba que amaba a su novio casi tanto como me amaba a mí; acaso no está loca aquella mujer que me obsequió un ratoncito muerto en una cajita de fósforos; acaso no esta loca…

Quienes me conocen saben bien que no miento ni exagero y que lo único que me alivia es que a pesar de las circunstancias duras de la vida, durante todos estos años, he sabido comportarme de manera cuerda y sensata. Y así prometo seguir haciéndolo.

Escribe: Erick López Sánchez  / Ilustrador: Marcos Pariona López

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