CRIMINALES DEL RITMO

Escribe: Raúl Bouroncle (ingeniero de sistemas)

Pintura de Melvin Alvarado (Honduras)

Pintura de Melvin Alvarado (Honduras)

Uno va por la vida tratando de ser lo más razonable posible, tratando de ir al ritmo de ese monstruo que llaman “Sistema”; porque, al fin y al cabo, esa es la única manera de seguir girando con el mundo. Sin embargo, una vez dentro, lo más buscado es todo aquello que, ajeno a lo normal y al sentido común, está en el ámbito de lo mágico, en el ámbito de todo lo que puede hacer germinar la semilla de universos fantásticos en nuestra mente y hacernos creer que efectivamente existe algo más allá de la razón. ¿Magia? La magia está más cerca de nosotros de lo que se piensa.
Hay grandes principios universales, y no es un secreto que uno ‒o varios de ellos‒ están estrechamente relacionados con el ritmo. Ritmo: una serie, en el tiempo, de ondas sonoras que siguen un patrón que la distingue del mero caos. Uno escucha algo ‒al menos nosotros, los humanos, tenemos esa capacidad‒ y sin equivocación podemos detectar si aquello que escuchamos es rítmico o caótico como el sonido de piezas de vajilla estrellándose contra el concreto. Piénsenlo. Uno puede ver un animal muerto o una pintura de Rembrandt, pero la percepción visual no viene acompañada con el discernimiento, ya sea estético o de cualquier otra índole, que pueda hacer a una categorización tan tajante como es el caso de las percepciones sonoras, donde las percepciones rítmicas brillan como diamantes en la arena destacando infaliblemente entre toda la mucha más amplia gama de sonidos caóticos. ¿Por qué ese discernimiento casi automático? Es la magia del ritmo.
Existieron tiempos ahora inmemoriales en los que hacer magia con el ritmo era considerado una práctica enfáticamente entendida como mágica. Y así, respetada y practicada en un marco de reglas pertinentes. Qué diferencia con nuestros tiempos. Aquella otrora sagrada magia del ritmo es ya conocida, desde hace algunos siglos, con el nombre genérico de “Música”.

CRIMINALES DEL RITMO 2

¿Se han preguntado porque un grupo de afiebrados jóvenes ingleses en traje y manipulando algunos instrumentos musicales llevaron al delirio a millones de jovencitas que no dejaban de moverse al ritmo de sus canciones? ¿Eran estos muchachos tan atractivos que generaban dicha pasión? ¿Debemos entender que su música, el rock, de gritos desenfrenados y movimientos casi compulsivos representaban una válvula de escape para una juventud reprimida por las reglas de la sociedad? Nada de eso. Esa posesión frenética, ese contorneo espasmódico, esa patada al cerebro de las mejores canciones que hemos escuchado es nada más y nada menos que la ‘magia del ritmo’. Magia pura. Tan pura como la mejor droga que despega tus pies del piso y dirige tu mirada hacia la luna. Pero magia al fin y al cabo. Sin embargo, ¿quién quiere andar por ahí bajo efecto de algún hechizo musical, embelesado por eternas canciones, endiosando a los causantes de tal sortilegio? ¿Debemos dejarnos llevar por el sueño casi opiáceo de un mundo feliz donde todos cantamos a coro un mantra gigantesco que nos mantiene en un dulce sueño? Es preferible el despertar. Siempre. Y en este caso no es nada más que estar plenamente consciente de que nos sucede cuando nuestro oído ha sido seducido, y prevenir que en el arrebato algún oportunista nos robe la billetera.

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